martes, 17 de enero de 2017

Cultura popular de Venezuela en concierto de voces, por Rafael Antonio Strauss K.

Cultura popular de Venezuela en concierto de voces, por Rafael A. Strauss K. Trabajo que me solicitó Francisco Javier Pérez para su publicación en Educación y Biblioteca, Año 20, Nº 167, septiembre-octubre 2008, Madrid, pp. 81-82.
         El Diccionario de cultura popular que publicó en dos tomos la Fundación Bigott, (Caracas, 1999), no fue inicialmente un diccionario, sino un fárrago de fichas con información que yo necesitaba para varios propósitos. El primero de ellos, empaparme de nuestra cultura popular tradicional, como venezolano, antropólogo y etnohistoriador, que después de siete años en México, donde me gradué en esas áreas, regresé a Venezuela en 1975. Volvía con ganas incontrolables de hacer cosas de las muchas cosas que había que hacer.
            Una espina indolora, pero espina, andaba como habitándome esas ganas, que algo tenía que ver con el país de donde procedía y con tener conmigo esa fuerza especial de la antropología. La parte mexicana de la espina contenía la exquisita experiencia en un país que se ama a sí mismo en su cultura, que vive de su historia, de la que está orgulloso, y que exporta toda junta su trayectoria humana; y en mis compañeros de estudio, México fue varias veces México en la regionalidad de sus personas, y fue Estados Unidos, Puerto Rico, cubanos exiliados, República Dominicana, Guatemala, Belice, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Panamá, Colombia, Perú, Chile, Grecia, Francia, España, Japón, Venezuela. Me vine con este amor en una geografía multiplicada que viví plenamente en siete intensos años de amistad con Quetzalcoatl y con Tezcatlipoca.
            Fue allá donde miré la patria, vale decir, la matria; donde los suculentos sabores de la ausencia devinieron postigos y escuché a Venezuela con mirada distinta. Dejé mucho de mí en mi querido México y me traje a Venezuela y el mundo; les dejé varios Cuatros –que mi madre preparó con toda diligencia para su envío–, y métodos para tocarlo y temas musicales que mi madre me copiaba en sus cartas, y otras maneras de pensar y de decir las cosas, y arepas, empanadas, hallacas, hallaquitas y recetas de todo con lo que los de aquí nos comíamos allá a Venezuela. Pero soy de provincia, donde me alimenté de pueblo, que siento como lo más auténtico que tengo, definitivamente, de tal forma que cuando en 1976 me propuse estudiar con argumentos de academia la cultura del pueblo, me fue fácil ser miembro fundador de Un Solo Pueblo, agrupación con la que nos propusimos difundir la música tradicional de Venezuela.
            A mi regreso eran ventanas los postigos de otrora y siento cada vez que sabemos muy poco de nuestras tradiciones y para ir tras ellas en trabajo de campo y gabinete y dar información en las presentaciones de escenario, de discos, en programas de sala, me encargo de la investigación. Fui organizando entonces el cúmulo de datos que iba localizando en pesquisa amorosa pero no complaciente y comenzaron a tener sentido y vida propia las clases, los libros, los trabajos que viviera en las aulas de pregrado y postgrado… La espina daba vida a la antropología en su giro etnohistórico.
            En tanto crecía la exigencia de información que propiciábamos, crecían mis ganas de ir más allá de esa necesidad y a mediados de 1976 organicé y comencé a mecanografiar la cosecha de datos y sistematicé la pesquisa en un país donde los testimonios de cuanto nos pertenece están como al margen de nuestra memoria histórica. Creo que ya olía a diccionario, sobre todo porque adquirí una modesta computadora, organicé los datos y comencé a extraer de ellos otros datos, y de éstos, otros, hasta que cada información se me agotó como fuente. Fue también el momento en que me propuse averiguar si papeles y papelas conviven y tienen descendencia, porque fotocopias, fichas y afines crecieron de tal manera que el pequeño espacio donde vivía en Caracas se me llenó de amor: personajes, intérpretes, literatura, compositores, instrumentos y géneros musicales, agrupaciones, comidas, artesanía, eventos, noticias, creencias y todo cuanto contiene nuestra cultura popular, de antes y de entonces. Así anduve, compartiendo con mis innumerables labores en la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela, la búsqueda minuciosa de información, principalmente en la extraordinaria biblioteca y hemeroteca de esa universidad.
            Por razones que sería largo analizar, los elementos, rasgos y complejos culturales de nuestra tradición, como lo presentía, apenas aparecía en libros, algo más en revistas y mucho en la prensa, principalmente El Nacional, de modo que dirigí la lupa hacia esa fuente, y no sólo consulté el material específico, sino también avisos que anunciaban eventos y materias afines, y hasta esquelas mortuorias; de los libros y artículos en revistas, además, las notas a pie de página, que me dieron pistas para siguientes búsquedas, y aprovechando la bondad de mis alumnos, coloqué una caja en un lugar visible para que depositaran cuanto pudieran averiguar en sus respectivas regiones sobre lo popular en todas sus instancias, y si bien esto no dio el resultado masivo que esperaba, sirvió para llamar la atención de que esa materia iba a ser objeto de un diccionario, nada menos.
            Veintidós años me llevó la pesquisa y poco más de un año la redacción del conjunto de entradas y otras partes del corpus. Logré formar un equipo de estudiantes universitarios para extraer información de nuevas fuentes y para adiestrarlos en el hermoso arte de la investigación. ¿Cuántas voces conforman este diccionario?; no lo sé; nunca las he contado, a pesar de que anduve sobre ellas varias veces para revisar al detalle el contenido y para fabricar un índice de términos, precisar conexiones entre voces y el minucioso cúmulo de fuentes que tiene cada entrada. Reservé una sección especial para Eventos y Noticias relacionados con lo popular venezolano, abocetada con dudas al principio pero que cobró vida propia. Y en el trajín de la espina, las ganas, la búsqueda, la redacción, decidí no empapelar el diccionario con la baladí discusión de si lo popular es esto o estotro y si bien no se elude este asunto, apliqué para la introducción el método genealógico de ser ego y plantear desde allí mi parentesco con nuestra cultura popular, que desde niño me vi dentro ella, y ella dentro de mí, que un símil que me gusta es Esteban, El ahogado más hermoso del mundo, que “A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí”, que cada que leo esa exaltación realista del colectivo que es ese cuento de mi querido Gabo, tengo la sensación de que el estorbo que pareciera Esteban es como lo popular para unos cuantos, que para revivirlo entre nosotros me decidí por el formato diccionario, que es donde uno está completo como cultura y ser humano, que es como estar presentes en todos los idiomas, en todas las temáticas.