martes, 14 de abril de 2015

Etnocidio Armenio, en su 90º aniversario ©

Etnocidio Armenio, 90º aniversario©. Discurso leído por el Orador de Orden Prof. Rafael A. Strauss K., el Sábado 23.4.2005 en el Auditorio del Jardín Botánico de la Universidad Central de Venezuela, Caracas, a las  10 a.m.

Monseñor Gomidas Ohanian, representante de la Iglesia Apostólica Armenia de Venezuela. / Sr. Marcos Zarikian, Cónsul de la República de Armenia. / Dr. Krikor Postalian, Presidente de la Comunidad Armenia de Venezuela. /Abogada, Lucía Fernández de Devletian, ponente en esta conmemoración.
Saludo desde esta tribuna, la vida oculta de los cientos de árboles plantados por el amor en esta aula universitaria de la flora… Saludo, también, la sangre vegetal que como fuerza invisible y de esperanza se trastoca serena y apacible para llenar de vida los ornamentos vegetales de este parque magnífico… Y los saludo a ustedes, todos, señoras y señores, y me saludo a mí mismo porque somos indudables herederos del amor.
Es el amor, definitivamente, la fuerza inmaculada, magnífica y precisa que hace visible a los dioses de cientos de culturas del pasado y del presente del mundo, con quienes vence la vida como el principio que genera y sostiene lo bueno; como el principio que nos fortalece y eterniza. El ser humano, entonces, está obligado a perseguir su propia felicidad y la de todos, y a ser feliz y hacer felices a quienes comparten su identidad humana.
No está llamado el hombre para la destrucción; no está hecho el humano para no ser feliz y no lo está tampoco para el odio…, y nada, nada, nada justifica que la infelicidad, la destrucción, presidan y empañen la originaria bondad de los seres humanos y conviertan los escenarios de los seres humanos en lugares de odio, de tristeza; en espacios donde la muerte decretada impere sobre la vida creada por expresa disposición del amor.
Poca distancia separa lo bueno del amor, que para la filosofía griega es, ante todo, una fuerza unitaria y armonizadora. Para Hesíodo y Parménides, el amor constituye la fuerza que mueve las cosas y las lleva y las mantiene juntas. Para Platón, el amor es ante todo aquello que se dirige hacia la belleza, que no es otra cosa que el anuncio y la apariencia del bien y es, por lo tanto, deseo del bien. Para Aristóteles, el amor y el odio, como todas las otras afecciones del alma pertenecen, no al alma como tal sino al hombre en tanto que el ser humano está compuesto de alma y cuerpo. El cristianismo, por su parte, entiende el amor como un tipo de relaciones que debe extenderse a todos los prójimos, es decir, a todos, lo cual transforma a este vínculo en un mandamiento que deberá transformar a los hombres en hermanos. (N. Abbagnano, Diccionario de Filosofía)
Y el mensaje de amor por excelencia, el Nuevo Testamento, contiene en su discurso 124 referencias a la palabra amor y 161 al verbo amar, en tanto que a la palabra odiar sólo dedica 29 y del término odio no existe ninguna referencia. En el Antiguo Testamento se expresa de manera clarísima en Oseas 3,1 y 6,4-6, en Génesis 29,20 y en Isaías 49,15, en tanto que el Nuevo Testamento, partiendo de Deuteronomio 6,5 y de Levítico 18,9, Jesús une los mandamientos de amor a Dios y al prójimo. Pero va más allá, y recalca con Mateo 5,43-46 el deber de amar a los propios enemigos. En las epístolas de Pablo el amor va unido a la fe y a la esperanza (1 Co 13,13) como un don del Espíritu Santo, y en Corintios 8,11-12 leemos: “El amor es la exteriorización de la fe, y entraña un cuidado especial con los miembros más débiles de la comunidad.” (W. R. F. Browning, Diccionario de la Biblia)
Pero si esto es así; si el mundo debe obedecer al amor, a la construcción, la alegría, la paz, la concordia, la creatividad…, ¿por qué entonces los hombres se han deslizado en tantas ocasiones hacia los oscuros laberintos del odio, del desamor, de la tristeza, de la destrucción…? ¿Por qué el mal urde sus tejidos de angustia y de violencia y termina atrapando al hombre, directa o indirectamente? ¿Por qué el mal se cierne como un defecto de la identidad humana y hasta llega a habitarnos?
Consideraciones psicológicas, teológicas y de otras procedencias han intentado responder a estas interrogantes y, sin embargo, no lo aceptamos… Y no lo aceptamos, porque sabemos, estamos convencidos, creemos, que es el amor lo que debe predominar en los seres humanos…, pero pareciera que estamos ante una contradicción, ante un doble discurso en el que se han movido y se mueven nuestras vidas. Malo es lo que se aparta de lo lícito y honesto, es lo contrario al bien, es el daño u ofensa que algo o alguien reciben; malo es dolencia, enfermedad, desgracia, calamidad…, en tanto que para el discurso psicológico, odio es la actitud emotiva caracterizada por la ira y una gran aversión, enemistad o mala voluntad, junto con el deseo de perjudicar a algún objeto o individuo. Y bueno es, en general, aquello que tiene bondad en su género, que es gustoso, apetecible, agradable, divertido…
¿Y por qué el genocidio? No es fácil pronunciar la palabra, ni pensarla siquiera, porque apenas lo hacemos lo primero que quisiéramos como actuantes del bien, como amantes de la bondad, es que la palabra genocidio no existiera, pero el término existe: fue acuñado por Rafael Lemkim en 1943, antes del holocausto en el que murieron millones entre judíos, gitanos, impedidos y homosexuales de distintas nacionalidades. La ONU adoptó en 1948 la Convención contra el Genocidio, que ha sido el modelo seguido por el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional y por más de 70 países que han tipificado ese crimen en su legislación. Existe la palabra, pues, que se nos presenta con toda su crudeza… Cuando la pronunciamos es como si convocáramos toda la telaraña que la envuelve y el vocablo nos pesa con dimensiones de angustia… Es como si prevaleciese la circunstancia del mal, y la esencia del bien se trastocara en nada y hasta llegamos a dudar de la bondad innata del humano, y la palabra amor y la palabra humano se fueran a otra parte, se escaparan, se hicieran pequeñitas ante la magnitud de la palabra genocidio, calificado por Amnistía Internacional como "el crimen de todos los crímenes", con lo que acentúa que es la peor conducta que los seres humanos puedan concebir, ejecutar o sufrir, según se sea víctima o genocida.
No quisiéramos ni siquiera decirla, ni siquiera pensarla… La quisiéramos fuera de todos los diccionarios del mundo, pero las cosas de los hombres, como realidades históricas que son, deben denominarse, deben tener un nombre para identificarlas, para saber qué son…, pues es la realidad de los seres humanos la que puebla los diccionarios de todas las culturas, en un contrapunteo insospechado que revela el amor y el odio, extremos en los que pareciera atrapada la humana naturaleza.
Pero ante todo cuanto revela el genocidio y la maldad en la que el hombre pareciera empeñado, ¿estamos preparados para el amor? O ¿qué tan preparados estamos para amar? Y más aún: ¿qué tan capacitados estamos para perdonar, es decir, para la misericordia y la reconciliación, para el restablecimiento de las relaciones personales tras una ruptura? Parece como si cuando lo intentamos pasan por nuestra realidad tantos desaciertos malignos que se distancian de manera sensible del mensaje de amor que nos identifica como seres humanos y que nos inviste de manera esencial. Pareciera que el desamor, el odio, el no-perdón hubiesen venido ocupando un lugar importante en el mundo y el mundo, entonces, pareciera sumido en las cosas del diablo y ausente de los dioses magnánimos, creadores, amigos del humano…
La conquista y colonización de América inscribió en la historia uno de los peores genocidios y etnocidios que se recuerden, hasta el punto de que en 1992, a propósito de los 500 años de ese evento, el Papa Juan Pablo II pidió perdón a los descendientes de ese genocidio, producto de las ansias de oro, que alcanza hasta la práctica inhumana del esclavismo y de la duda de si los conquistados eran seres humanos. Varios millones nos mataron entonces…
Pero no se detuvo ahí el sediento demonio… Vendrán otros infiernos y la historia del mundo dará cuenta de buena parte de ellos… Antes del desastre en América, el poder de la Iglesia en Europa se empeña en cazar brujas, por tres siglos, ocasión en la que se persiguió, torturó y ejecutó a decenas de miles de víctimas, la mayoría mujeres. Y entre 1937 y 1938 tuvo lugar lo que la historia del horror conocerá como La Violación o Masacre de Nanking, en China, por parte de fuerzas japonesas, evento en el que hubo violaciones, miles de asesinatos, bebés ensartados en las bayonetas de soldados bestiales y borrachos. Se dice que en Nanking murieron entre 150 mil y 200 mil personas. http://exordio.com/1939-1945/militaris/espionaje/kempeitai.html
Entre 1941 y 1942, en sólo ocho meses, invasores alemanes someten por inanición y ejecuciones sumarias a aproximadamente 2.800.000 prisioneros de guerra, un caso de genocidio que aún está en estudio. Y en 1971, en Bangladesh, al este de Pakistán, “El genocidio […] se alía con la liquidación de los prisioneros de guerra soviéticos como el asesinato masivo más concentrado de no combatientes en la historia del siglo veinte”, afirma un grupo de estudiosos, que calcula el horror en tres millones de personas… Generocidios actuales e históricos. En: www.gendercide.org/caso.html
Entre 1992 y 1995 las fuerzas serbias optan por separar a los civiles hombres y mujeres para matarlos en masa o cazarlos en los bosques, alcanzando el evento la muerte de unos siete mil individuos, hasta donde los estudiosos pueden afirmarlo, además del genocidio contra los bosnio-musulmanes, particularmente varones.
Pero hubo otros horrores, como si los mencionados y otros anteriores no fueran suficientes, como el holocausto a los judíos europeos impuesto por el régimen nazi, calificado como “la mayor campaña sádica y sistemática de exterminación masiva jamás montada” Generocidios actuales e históricos. En: www.gendercide.org/caso.html
En 1994 se tienen otras noticias aterradoras en el mundo: en Rwanda, centro de África, los varones de las étnias tutsi y hutu, estos últimos en menor cantidad, fueron perseguidos, acosados y masacrados sistemáticamente. Se habla de 600.000 asesinados. Y entre 1998 y 1999 Kosovo-Herzegovina vive la expulsión de mujeres, niños y ancianos, el sometimiento sexual a jóvenes kosovares y una sistemática selección de otros 10.000 jóvenes, a quienes se detiene, tortura y ejecuta.
¿Y qué de otras atrocidades, por distintos motivos, que han plagado de horror a Sudáfrica, a Irak, a Afganistán, a otras partes de este mundo que aún podemos y queremos amar? ¿Qué de los 3 millones de ucranianos, 250.000 gitanos, 25 millones de rusos, 25 millones de chinos, 1 millón de ibos, 200.000 guatemaltecos, un millón 700 mil cambodianos, 500.000 indonesios, 200.000 timorenses del este, 250.000 burundis, 500.000 ugandeses, 2 millones de sudaneses, 2 millones de norcoreanos, las víctimas de los bombardeos a poblaciones civiles durante la guerra civil española -el bombardeo a la ciudad vasca de Guernica- y en Vietnam y el drama de los musulmanes y croatas y el de los colombianos? No es la sangre colectivamente derramada en conflictos de horror entre los hombres, el mejor abono para la vida. Parece que sólo fueran los dioses los que deben morir de manera cruenta, y padecer, y sufrir y desaparecer para donar vida, pero esto es asunto de otras reflexiones. ¿O es que el genocidio es un alerta para que de tan terribles experiencias surjan pautas para que afinemos la capacidad de amar y la de perdonar? Y si es así, ¿qué hace la humanidad con estos casos de muertes masivas planificadas y otros cuyas características seguramente ignoramos?
Y una cuestión más delicada, angustiante, terrible, por supuesto…, ¿qué hacen los descendientes de víctimas y victimarios con el horror del genocidio? Y algo más crucial: ¿qué tanto cabe el amor, el perdón, la compasión, en el recuerdo de lo cruento masivo planificado, provocado y realizado? ¿Tiene el recuerdo de estos horrores algún intersticio donde quepa el amor? ¿Qué hacen con el recuerdo de estos crímenes los judíos, los colombianos, los iraquíes, los afganos, los tutsi, los huti, los de Sudáfrica, los de Bangladesh, los gitanos, los ucranianos, los bengalíes, los inquiridos por el horror del Santo Tribunal de la Inquisición, los descendientes de negros traídos a América en calidad de esclavos, los indios nuestros, las minorías latinas, árabes, gitanas, discriminadas por el poder norteamericano y la culta y moderna Europa, los bosnio-musulmanes, los de Nanking, los masacrados y desaparecidos por gobiernos dictatoriales de cualquier signo, los millones de millones de muertes y asesinatos en Asia, África y América Latina, a manos de España, Holanda, Francia, Portugal, Gran Bretaña, naciones colonialistas que se llaman cristianas…? ¿O las consecuencias de la anexión que Italia hizo de Libia? ¿Qué hacen? Y… ¿qué hacen los armenios con lo que se tiene como el horror de 1915?
En este 2005 se están cumpliendo 90 años de lo que se conoce como el genocidio armenio. Dice una fuente que “El domingo 25 de abril de 1915 un despacho telegráfico originado en Londres y fechado un día antes, es decir, el sábado 24, informaba sobre hechos ocurridos en la ciudad de Tabriz, por aquel entonces en poder de los turcos. Decía escuetamente: ‘La policía turca, cumpliendo órdenes de las autoridades, disparó contra los armenios haciendo una verdadera matanza entre ellos’.” (Roberto Cossa. 25 de abril, a 87 años de la tragedia armenia. El genocidio silencioso. http://pagina12.feedback.net.ar/secciones/contratapa/index.php?id_nota=4350&seccion=13  
Se trataría del primer acto genocida con el que se inicia el siglo XX y en el que fueron asesinados alrededor de un millón y medio de armenios, según han podido precisar los estudiosos de este acontecimiento. Este acto de hoy es para recordarlos y para rememorar, a pesar de las limitaciones de mis conocimientos, a aquellos primeros 600 varones notables que, según se sabe hoy, fueron asesinados después de haber sido detenidos en Estambul.
Pero esta práctica se prolongaría, mediante lo que los estudiosos de este evento consideran enmarcada dentro de dos estrategias. La primera, que consistió en la movilización de los varones armenios de servicio en el ejército turco, para luego someter a cientos de miles a trabajos forzados o, simplemente, ejecutarlos. La segunda estrategia contra los hombres fue el asesinato masivo de la población restante de varones.
Para aplicar estas estrategias se convirtió en obreros a los soldados armenios, en ámelés -como los llamaron-, despojándolos, entre otras cosas, de sus armas. Como obreros, los combatientes armenios fueron convertidos en animales de carga de bastimentos de todo tipo del ejército turco y a quienes tropezaban y caían por el peso inusual, se los castigaba con latigazos de exterminio, y a punta de bayonetas eran obligados a que se arrastraran hacia quién sabe dónde…
Se dice, asimismo, que otras estrategias que se aplicaron fue reunir a combatientes no turcos de cincuenta a 100 hombres a quienes se amarraba en grupos de cuatro, para ejecutarlos. Algunos testimonios informan que antes de las masacres se despojaba a las víctimas de sus ropas y otras pertenencias y en muchos casos se los obligaba a cavar sus tumbas.
Un importante estudioso de este evento, Vahakn Dadrian, escribe: "Aunque [la] movilización tenía muchos otros objetivos, sirvió para un propósito mayor, para la rápida ejecución del plan de genocidio. Removiendo todo cuerpo posible de varones armenios de sus ciudades, villas, aldeas, y aislándolos en condiciones en las cuales ellos virtualmente se entramparon, la comunidad armenia se redujo a condiciones cercanas de impotencia total, así como a una presa fácil de destrucción. Fue un golpe dominante cómo se logró de un soplo atender los tres objetivos de la operación para atrapar a la población víctima: a) dislocación a través del levantamiento del fuerte, b) aislamiento y c) la concentración para tener reunido al objetivo." (V. Dadrian, The History of the Armenian Genocide [Berghahn Books, 1995, p. 226)
Además de los combatientes armenios, se somete a mujeres, a niños, a ancianos, es decir, los vientres, el futuro, la memoria… Algunos investigadores informan que antes de las decisiones extremas se ofreció a las mujeres la alternativa de convertirse al Islam, lo que en este caso significaba no sólo la renuncia a un credo religioso ancestral -y aquí estaríamos ante una muestra de que también hubo etnocidio- y se hicieran sirvientes de familias turcas… Hasta donde se sabe, menos de mil aceptaron esta aparente libertad. El resto es obligado a salir de los espacios otomanos.
Leo Kuper, citando al historiador Toynbee, escribe: ‘Las mujeres que se quedaron atrás fueron disparadas […] en el camino, o arrojadas hacia los precipicios, o encima de los puentes.” (Leo Kuper, Genocide, p. 111) Morgenthau describe un convoy típico consistente de "18.000 almas", de las cuales "sólo mujeres y niños alcanzaron su destino. Los últimos sobrevivientes se tambaleaban a menudo en Aleppo [Siria] desnudos." Toynbee escribe: "cada pedazo de su ropa ha sido desgarrado en el camino. Testigos que vieron su llegada remarcaban que no había una cara joven o bonita […] entre ellos, y ciertamente no había ningún sobreviviente que fuera realmente viejo..." Morgenthau concluye: "Estoy seguro que la historia completa de la raza humana no contiene tales horribles episodios como este. Las grandes matanzas del pasado parecen insignificantes cuando se comparan con los sufrimientos de la raza armenia en 1915."
Consideraciones demográficas, aún no definitivas, asientan que de los dos millones y medio de armenios que habitaban a principios de 1915 tierras otomanas, fueron desaparecidos entre un millón cien mil y un millón 800 mil. Estamos hablando de un exterminio masivo de entre la mitad y los tres cuartos de los armenios que habitaban Turquía… El Centro de Investigación de los Caballeros de la Varta Armenia ha concluido que hay una profunda similitud entre los genocidios de judíos y armenios, puesto que ambos pueblos "se adhieren a una religión antigua. Ambos eran la minoría religiosa de sus respectivos estados. Ambos tienen una historia de persecución. Ambas son minorías creativas y talentosas que han sido perseguidas por envidia y oscurantismo."
Aun cuando, al parecer, falta mucho por estudiar del genocidio armenio, lo que se sabe hasta ahora destaca como sus principales responsables políticos a quienes dominaban el Comité Central del gobierno conocido como Turco Joven, amén de los miles de oficiales y soldados que junto con ciudadanos ordinarios turcos y kurdos llevan a cabo asesinatos y quienes vieron en la persecución a los armenios una oportunidad ideal para el pillaje, la violación, el secuestro. Estudio de Caso: El Genocidio de Armenia, 1915-17. En: www.gendercide.org/caso_armenia.html
Para el pueblo armenio ha sido difícil que estos hechos de 1915-1917 se conozcan en la plenitud de sus características… Se ha dicho, inclusive, que el mundo fue indiferente ante las denuncias que hicieran los franceses Anatole France y Jean Jaurés. Se afirma, inclusive, que el Estado turco se ha negado hasta ahora a reconocer el genocidio. Y “Debió producirse el segundo Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial, el de los judíos y gitanos, para que la causa armenia resurgiera. Tras largos cabildeos en las Naciones Unidas, la causa armenia ha tenido alguna respuesta de la comunidad internacional”... Francisco Miranda, otro estudioso que ha venido aportando importante información sobre estos hechos, afirma que “recordar y movilizarse contra el genocidio de los armenios -como contra todos los genocidios- es un acto de defensa de la vida contra el crimen y sus ejecutores […] La peor de las amnesias -escribe Miranda- es la moral. Pueblo que no recuerde, que no tenga memoria, tarde o temprano pagará con creces su indolencia o su indiferencia.” Armenia, a 89 años del primer genocidio. 24/04/2004. En: www.argenpress.info/nota.asp?num=010595
Estamos de acuerdo, ciertamente, pero en beneficio de la mayor objetividad que exige toda investigación de carácter histórico, debo confesar que en la pesquisa que realicé para elaborar este breve discurso, no encontré información que me remitiera a la versión otomana sobre lo ocurrido a los armenios entre 1915-1917, principalmente. A la luz de lo que hoy sabemos podríamos esgrimir varias preguntas y, seguramente, muchas respuestas. Pero no me siento en capacidad de andar por esos predios.

Sí quiero decir, para finalizar, que a pesar del mal que nos ha acosado y nos acosa, el mundo siempre estará más allá del odio y más cerca del amor, porque el amor es la fuerza que tiene y ha tenido más representación individual y colectiva, más práctica social, y muy pocos en realidad desean asociarse al demonio, a la oscuridad, a las tinieblas del desamor, de lo maligno. Somos millones y millones los que preferimos la luz… Por eso la convoco, en este día que juntados aquí el pueblo armenio recuerda con pesar lo que la historia a cada día que pasa tiene con más certeza como un acto de genocidio a su etnia ocurrido en los predios otomanos hace hoy 90 años. Que las almas de quienes lo vivieron ayuden con sus voces eternas a imaginar nuevas formas de que se haga justicia, que también lo pedimos; que el recuerdo de sus nombres ayude a plagar con sus historias personales una historia que permita recoger testimonios y darlos a conocer, que también lo pedimos… Vayan mis condolencias al pueblo armenio y que desde la cruz de este martirio colectivo se pueda activar el imán del amor más que los suplicios y la agonía del odio. (Rafael A. Strauss K. Discurso de Orden. Jardín Botánico-UCV, 10.4.2005)