martes, 23 de agosto de 2016

Mercedes Olivera, por Rafael A. Strauss K.

Mercedes Olivera, por Rafael A. Strauss K. 
A mi querida y recordada Maestra, In Memoriam
Mercedes Olivera, o Meche, fue una mujer apasionada por la Etnohistoria, la Antropología Social y la docencia dentro y fuera del aula, pasión que sabía transmitirte en sus clases y en sus conversaciones. Me fascinó desde que cursé su materia Etnología General, en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, ENAH, en 1969. Siempre tuve la impresión de que un punto que nos acercó fue cuando en una de sus clases, hablando del trabajo de campo, pedí la palabra y le pregunté: -Maestra, ¿qué derecho tiene un antropólogo para invadir la privacidad de alguien cuando hace preguntas, toma fotografías o graba en el trabajo de campo? A mí no me gustaría, por ejemplo, que un etnólogo me abriera la puerta del baño cuando estoy haciendo mis necesidades. Ella se quedó pensando y creo que esto hizo que diera un giro a la concepción tradicional de la investigación de campo. Otro punto que nos unió fue mi trabajo final para aquella asignatura -Características de la cultura, según M. Herskovits-, que a ella le fascinó, según lo expresó públicamente. Me calificó MMB. Fui el único 10 [que en México es la máxima calificación]
Desde 1964 Meche trabajaba como investigadora en el Proyecto Puebla-Tlaxcala (1964-1969), apoyado por la Fundación Alemana para la Investigación Científica, el INAH y la UNAM. El 1968 me selecciona -junto a otros estudiantes de la ENAH- para que forme parte de su equipo, en la ciudad de Cholula, Estado de Puebla, cuyo tema central era: La feria regional y su influencia socioeconómica en una comunidad rural mexicana, del área de Antropología Interdisciplinaria. Y en 1969 me llama nuevamente para una Investigación de gabinete sobre Mercados regionales indígenas de México
Me hizo la siguiente constancia: “A QUIEN CORRESPONDA Por medio de la presente hago constar que el Sr. RAFAEL A. STRAUSS K. participó en la Sección de Antropología Social del Proyecto Cholula durante la última semana del mes de septiembre de 1968. Así mismo hago constar que el Sr. Strauss estuvo ordenando en cuadros y listas parte de la información recabada en Cholula, Pue., durante dos meses en 1969, en la Sección de Investigaciones Antropológicas del Instituto Nacional de Antropología e Historia. // Para los fines legales a que haya lugar se expide la presente en México, D. F., a los quince días del mes de enero de 1974. Prof. Mercedes Olivera, Etnólogo [rúbrica]” 
Cuando yo ya estaba en Venezuela, me visitó. Fue así: ella venía de un congreso en Ecuador y cambió su ruta para dirigirse a Caracas con la intención de verme. Ni idea tenía ella de dónde estaba yo, pero se fue a la Escuela de Sociología y Antropología de la UCV y preguntó si me conocían. Quien la atendió no sólo me conocía sino que tenía el teléfono de la casa donde yo vivía, en la Alta Florida. Me llamó como a medio día. Imagínese usted la sorpresa, que creció cuando me dijo que estaba en Caracas y quería que nos viéramos. Y nos vimos. En el Café de la Piscina-UCV. Por la tarde, salía su vuelo hacia México. Poco después me envió una postal, que conservo.

Una de las rutinas del trabajo en Cholula era ubicarse en las afueras de la ciudad e ir contando quiénes entraban. Por la noche, entregábamos esa información en las reuniones de equipo, que eran maravillosas. En Cholula estuvimos varios días, y al segundo -mientras almorzábamos un deliciosísimo mole poblano- Mecha me llama aparte y me dice: -“Rafael, necesito que realices una investigación muy especial, pero que no deja de tener ciertos riesgos”. –“Usted dirá, Maestra”, le respondí. –“Mira, en estas ferias no es fácil conocer la cantidad de alcohol que se vende, porque mucho es de contrabando, ni saber si montan burdeles y, si es así, cuántos hay, y otras particularidades. Necesito esos datos para la investigación, y pensé en ti porque presiento que sabrás cómo averiguar eso y obtener datos. Y te voy a ser más sincera: como más bien pareces gringo seguro que contigo se abren, para decírtelo sin tapujos.” Creo que miré hacia el piso y le pregunté que cómo hacía. Me explicó entonces que debía conversar con los dueños de los bares –que ella tenía censados- y, de ser posible, y si lograba verlos, al distribuidor o distribuidores de licor. Me dijo, además, que seguramente los burdeles funcionaban en la parte de atrás de esos bares, o de algunos, pues como esos sitios estaban prohibidos en México, no sólo eran clandestinos sino que en tiempos de feria buscaban justamente sitios como bares o casitas aisladas en las afueras de la ciudad… No le pregunté por el riesgo o los riesgos, pero imaginé que si había contrabando era porque no declaraban cantidades reales, y si no declaraban cantidades reales de ganancias –por el licor y por el burdel- se trataba de un fraude al municipio, etc. etc. Le dije esto a Meche y era eso, en efecto, de tal manera que si yo indagaba sobre la materia del enriquecimiento ilícito se podría pensar que yo era un inspector o algo por el estilo. Lo que más me preocupaba, sin embargo, es que toda mi vida he detestado los ambientes de bares y burdeles… Imagínenme entrando, sentándome en la barra, o en una mesa, pidiendo una cerveza, un tequila, un pulque u otra vaina…, pero definitivamente ésta fue la primera obra de teatro en la que participé porque todo me salió de lo mejor. Meche se sorprendería por la cantidad y precisión de los datos que obtuve…Al día siguiente no me dirigí hacia las afueras de la ciudad sino al centro, donde la ciudad despertaba después de otro día de feria. Y la cosa más increíble…: frente a uno de los bares, un camión de Cerveza Corona terminaba de estacionarse; le tumbaron una reja lateral y, mientras, alguien abría una puertica. Y lo que hice fue ponerme a contar las cajas de cerveza que metían, hasta que cerraron la puertica y el camión arrancó. Supuse que iba a otra parte, y como pude lo seguí y, en efecto, se detuvo unas cuadras después y… de nuevo me puse a contar lo que bajaban. Eran como las diez de la mañana. El calor de septiembre ya picaba y la sed me mataba y el bar cerrado, pero una bodeguita de pueblo estaba abierta y me fijé si tenía afuera la placa esa de que venden licor, pero nada de eso. La Pepsi que me tomé estaba como lo había soñado y mientras la tomaba me puse a conversar con el señor de la bodega, y hablamos de la feria, y del poco de gente que la visitaba, y preguntando y preguntando, este amable señor me confirmó la existencia de burdeles, en efecto, detrás de tres de los bares y de dos en las afueras del pueblo. Estaba dispuesto a visitarlos, en compañía de otros cuates del equipo, por supuesto, pero Meche no me lo aconsejó, entre otras razones porque podía haber una redada y a mí como extranjero no me convenía caer preso. 

Agradecido, Maestra, por haber existido, por sus clases, y porque nos conocimos...