sábado, 19 de noviembre de 2016

Venezuela Prehispánica, por Rafael Antonio Strauss K. – Historia Mínima de Venezuela

Venezuela Prehispánica, por Rafael A. Strauss K. Capítulo I del libro Historia mínima de Venezuela. Fundación de los Trabajadores de Lagoven, Cromotip, Caracas, 1992, pp. 15-33. Coautores de Historia mínima de Venezuela: Elías Pino Iturrieta, Rafael Strauss K., Arístides Medina Rubio, Leticia Vaccari, Manuel Pérez Vila, Irene Rodríguez Gallad, Manuel Rodríguez Campos, Pedro Felipe Ledezma, Ramón J. Velásquez. 1993.

Orígenes

                  El poblamiento de lo que actualmente conocemos como territorio venezolano guarda estrecha relación con el poblamiento de América. Para explicar este punto se han planteado, por lo menos, cinco teorías: la del origen autóctono, la del origen africano  -actualmente indefendibles-  la del origen único, que expone como elemento esencial la presencia de un importante núcleo proveniente de Asia, del que se formaría una sola raza con diferencias sub-raciales; una cuarta teoría, conocida como del origen oceánico, que atribuye al elemento polinesio el factor esencial del poblamiento americano y un quinto planteamiento, conocido como teoría del origen múltiple, que sustenta la tesis difusionista de un poblamiento a través de cuatro oleadas: australiana, malayo-polinesia, esquimal y asiática. Sin embargo, y a pesar de que el cuerpo de consideraciones acerca del poblamiento de América continúa teniendo carácter provisional, parece evidente que los pobladores del continente americano son de origen asiático y es posible asegurar, por ejemplo, que los elementos predominantes proceden de la Siberia oriental y que el poblamiento de América se produjo mediante pequeñas oleadas que cruzando por el estrecho de Bering llegan hasta Alaska, se dirigen hacia las llanuras centrales norteamericanas siguiendo luego hacia los actuales territorios de México, Centroamérica y Suramérica.

                  Una base de esta consideración es que hace aproximadamente 70.000-60.000 años, vastos territorios del centro y este asiático se convirtieron en zonas áridas por transformaciones climáticas profundas, lo que obligó a que grandes manadas de bisontes gigantes, mamutes y otras especies se dirigieran hacia el oriente en busca de nuevos pastizales, seguidas por bandas de cazadores que dependían de esta megafauna. Las características geográficas del paisaje y circunstancias climáticas que presentó en varios momentos parecen haber aliviado lo que debemos imaginar como viajes sumamente difíciles. En efecto, durante el Pleistoceno, o primera fase del Cuaternario y hacia el período final de la última glaciación   -alteración de la superficie sólida de la tierra por la erosión y sedimentación producidas por el hielo-  el nivel de los oceános era mucho menor al actual, de tal forma que entre Asia y América, hoy separadas por el estrecho de Bering, pudo haber aflorado una franja de tierra, en dirección norte-sur y que ha sido calculada en unos 1000 km, que permitiría el paso de migraciones de animales y seres humanos hacia América. El estrecho de Bering tiene hoy 92 km de ancho mínimo, unos 200 km de extensión, una profundidad máxima de 90 m y dos islas, las Diomede, situadas más o menos hacia su centro.

                  Esta migración obligada, a pie y/o por mar con embarcaciones rudimentarias, supone grupos humanos que para enfrentar principalmente las variaciones climáticas con las que convivieron, ya utilizaban el fuego, poseían destrezas en el manejo de armas de piedra, una mínima indumentaria de pieles de animales y cierta fortaleza física, complementada por el consumo de carnes y de grasas animales. Es posible que en épocas menos frías y tomando varias rutas dentro ya del continente americano, estos grupos humanos  -ahora más numerosos y mejor organizados-  emprendieran migraciones hacia otros paisajes en los que continuaron especializando su vida cultural. Esto ocurriría hace 35.000 años aproximadamente.

Poblamiento prehispánico de Venezuela

                  Según las evidencias arqueológicas más antiguas, la presencia humana en Venezuela se ubicaría hacia los 15.000 años a.C. Su poblamiento prehispánico parece ser el resultado de por lo menos tres migraciones  -de cazadores, de recolectores y de agricultores-  que fueron perfilando la vida de la Venezuela prehispánica.

                  Una síntesis sobre dicho poblamiento plantea la existencia de dos grandes ejes migratorios norte-sur: uno al occidente y otro al oriente. A través del primero habrían ingresado influencias culturales de Centroamérica y del oeste suramericano; a través del segundo lo habrían hecho influencias provenientes del este y del noreste de Suramérica. En el centro, y por influencia de migraciones, habría ocurrido un intercambio de elementos de uno y otro eje. Esta hipótesis se ha difundido como Teoría de la H, y se la acepta pero con algunas modificaciones. Gráficamente hablando, el eje occidental correspondería al trazo izquierdo de la H, en tanto que el eje oriental correspondería a su trazo derecho. Las rectificaciones a esta hipótesis plantean que más que una rígida barra horizontal se trataría más bien de una serie de líneas para representar las diversas migraciones y vías de difusión internas.

                  El poblamiento de la Venezuela prehispánica así concebido ha permitido plantear la hipótesis de que estas dos grandes rutas migratorias habrían dado origen a lo que se ha denominado dicotomía cultural de Venezuela, sustentada en dos centros de desarrollo cultural: uno al oriente y otro al occidente. Sus características y las más recientes consideraciones al respecto las esbozaremos más adelante.

Las cuatro etapas de la Venezuela prehispánica

                  Con el objeto de organizar el conocimiento sobre nuestro pasado cultural más remoto y sus momentos más significativos, la historia prehispánica de Venezuela ha sido dividida en cuatro etapas. Las fechas señaladas para cada una de ellas no son sino divisiones cronológicas aproximadas, que más bien pretenden mostrar que los logros materiales y no materiales en la Venezuela prehispánica fueron el resultado de milenios de adaptación de sus habitantes al medio ambiente natural y social. Es por ello que se destacan los cambios ambientales y sociales significativos ocurridos a través de las siguientes etapas: Paleo-Indio: 20.000-5.000 a.C. Meso-Indio: 5.000-1.000 a.C. Neo-Indio: 1.000 a.C.-1.500 d.C. e Indo-Hispano: 1.500 d.C. hasta el presente.

Paleo-Indio

                  Los primeros pobladores de Venezuela proceden del norte de América, y son descendientes, a su vez, de aquellas oleadas pobladoras provenientes del continente asiático. Al igual que ellas, estaban constituidas esencialmente por cazadores de grandes mamíferos y eran poseedores de utensilios de piedra. Durante mucho tiempo estos grupos convivieron con una megafauna compuesta principalmente por mastodontes, caballos, megaterios y gliptodontes. Hacia los 12.000 años a.C. una mayor humedad y flora más abundante permitirían la sobrevivencia de los herbívoros de la megafauna. Estas bandas ingresan a nuestro territorio con una tecnología lítica del tipo Núcleo y Lasca, técnica que consiste en golpear una piedra contra otra  -el núcleo-  para obtener un filo tosco y lascas. Con estos instrumentos, además, van a ser trabajados la madera, fibra, hueso, cuero y conchas marinas. Las lascas, que no son sino trozos pequeños y delgados desprendidos de la piedra, fueron modificadas progresivamente hasta convertirlas en cuchillos y raspadores. La efectividad de este instrumental parece comprobarse por las señales que presentan algunos huesos de grandes mamíferos, utilizados como plataformas para destazar, lo que posiblemente permita inferir la práctica del descuartizamiento y la selección de "cortes" en el mismo sitio de la cacería. La presencia de "martillos" de piedra y algunos huesos triturados parece indicar el consumo de la médula ósea. Una de las técnicas de caza desarrolladas por nuestros antepasados paleoindios consistía en acosar a uno o varios animales hasta aislarlos y darles muerte con palos afilados y artefactos de piedra enmangados. Hay evidencias de esta práctica en sitios arqueológicos como El Jobo (Estado Falcón), Manzanillo (Estado Zulia) y Tupukén (Estado Bolívar). Otra de las tácticas empleadas consistía en asechar al animal, herirlo con tantas lanzas arrojadas desde lejos como fuera posible, seguirlo, acosarlo, y cuando se debilitaba darle muerte interesandole un órgano vital. En algunas zonas pantanosas y en época de lluvia, seguramente se aprovechó el pantano para inutilizar en él al animal.

                  El instrumental básico característico fue evolucionando para adaptarlo a técnicas de recolección de alimentos vegetales, principalmente tubérculos, y a la caza de animales más pequeños. Una disminución progresiva de los grandes animales y el aumento de la población obligarían a la invención de métodos e instrumentos más eficaces para la caza, como por ejemplo armas menos pesadas que podían ser arrojadas y que permitían perforar de manera más fácil la piel del animal. Seguidamente, y sin que desaparecieran por completo las armas y técnicas anteriores según lo demuestran sitios arqueológicos como el de Taima-Taima (Estado Falcón), comienza una evolución tecnológica hacia instrumentos que permitieron cazar a distancia por el aumento de la velocidad del proyectil, su precisión y su alcance. Dos buenos ejemplos serían la punta de proyectil en forma de dardo y el propulsor, que actuaba como una prolongación de la "palanca" constituida por el brazo y el antebrazo. Esta transformación tecnológica va a tener incidencias significativas pues desde entonces se pudo cazar a distancia e individualmente y, por ello, aprovechar animales de menor tamaño y más veloces como venados y roedores. Hacia 9.000 años antes del presente el arco y la flecha facilitaron la caza de aves, peces y animales terrestres pequeños, especies escasamente explotadas antes como fuente de alimentación.

                  La unidad social básica de estos primeros habitantes de nuestro territorio estaría constituida por la microbanda, de 12 a 35 miembros, cuya unión formaría bandas de entre 100 y 500 miembros. Es posible la existencia de una división sexual del trabajo mediante la cual los hombres se encargarían de la cacería y de la fabricación de los artefactos para esta actividad, en tanto que las mujeres harían labores de recolección, de crianza y de confección de la indumentaria. La vida de estas bandas transcurre dentro del nomadismo, modo que limitaba, por su naturaleza misma, la producción de utensilios difíciles de transportar, además de que la mujer no debía parir sino la prole que pudiese cargar, o que se tomaran decisiones extremas en cuanto a la suerte de individuos con enfermedades o defectos que complicasen su movilización. La sobrevivencia dependía también de la experiencia, por lo que los ancianos, los poseedores de las artes curativas, los conocedores del medio ambiente, de las estaciones, de las especies de animales y plantas jugarían papeles sociales importantes. Es en estos momentos iniciales de la antigua Venezuela cuando comienza una significativa acumulación de conocimientos que ya desde entonces serían transmitidos oralmente por la vía de la enseñanza directa e indirecta: en los descansos impuestos por las duras condiciones de vida o en los rituales que seguramente comienzan a nacer en este momento, los miembros de las bandas se sentarían a intercambiarse experiencias sobre la caza y la recolección de vegetales; a preguntarse y a responderse por el cambio de las estaciones y sus particularidades y por el universo y por el paso del tiempo y por esas otras gentes vecinas a ellos, y entonces, posiblemente, comenzaron a aparecer los primeros mitos; y quizá las anécdotas personales durante las gestas de caza permitieron detectar dirigentes potenciales. Quizá estas convivencias también alimentaron las inquietudes artísticas de estos primeros pobladores, que entonces comenzaron a pintarlas y a grabarlas en huesos, en piedras... Estaba en marcha el inicio de la vida social en nuestro territorio; había comenzado nuestra historia.

Meso-Indio

                  Se la considera como una etapa de transición entre el Paleo-Indio y el Neo-Indio. La extinción de la megafauna característica de la etapa anterior, debida principalmente a cambios climáticos significativos, propicia la adopción de nuevos patrones de subsistencia. No significa esto que desaparecen por completo las antiguas prácticas  -como parece demostrarlo una industria rudimentaria de piedra tallada que hacia los 4.000-5.000 años a.C. existió en la península de Paria-  sino que habría una situación de convivencia en la que comienzan a predominar los nuevos patrones, basados, seguramente, en una aparente abundancia y estabilidad de los recursos provenientes del mar. No es casual, por ejemplo, que las evidencias arqueológicas señalen el norte de Venezuela como un área de mayor concentración de comunidades recolectoras. Excavaciones arqueológicas realizadas en las costas de Sucre y Anzoátegui y en la isla de Cubagua parecen evidenciar el abandono de la industria lítica y la adopción de una economía basada en la recolección de productos marinos. Se tienen noticias, inclusive, de ciertas manifestaciones de la agricultura y de la confección de cerámica, elementos que caracterizarán el período siguiente.

                  Las evidencias arqueológicas parecen permitir la inferencia de que los mesoindios definieron su subsistencia en base a las siguientes alternativas: explotación de productos marinos en las zonas costeras; recolección de recursos vegetales en el interior del territorio y caza de pequeños mamíferos. En las dos primeras existiría un sedentarismo semipermanente que daría origen a las primeras manifestaciones de la agricultura. Los sitios que corresponderían a la primera alternativa se refieren a montículos generalmente de forma ovalada y superficie plana, conformados por la acumulación de desperdicios de comidas a base de mariscos, restos de pescado, tortugas, rayas y algunos huesos de animales terrestres. Se les ha dado el nombre de basureros, concheros o montículos de conchas y están ubicados muy cerca del mar, salvo algunas excepciones. Podría decirse que la vida de los mesoindios dependía esencialmente del mar, si se tiene en cuenta la profusión de concheros, la ausencia casi total de implementos para la caza y la presencia de una tecnología para la pesca y recolección de recursos marinos, como anzuelos, pesas para redes e instrumental especializado para fabricar arpones de madera, abrir conchas y fabricar canoas con las cuales estas gentes habrían poblado, entre otros sitios, algunas islas del Caribe, lo que parece indicar un conocimiento mesoindio del mar y sus posibilidades. La alimentación, esencialmente a base de productos marinos, parece haber sido complementada con las carnosas pencas de la cocuiza asadas al fuego además de aprovechar otros recursos vegetales. Así se infiere por la presencia de metates y manos de moler, morteros y restos de algunas frutas.

Se percibe en este modo de vida una acumulación de cierta experiencia sedentaria que, sumada a la posible búsqueda de recursos alimenticios diferentes, propició formas primarias de agricultura. Se aprecia una situación de convivencia que estaría representada esencialmente por la explotación y domesticación de tubérculos y frutos en el interior del territorio con la continuación de la explotación intensiva de productos marinos en la costa.

El patrón de subsistencia en el interior necesitó seguramente de un conocimiento más preciso de los ciclos biológicos de los recursos a ser recolectados (frutas, semillas, miel, huevos de tortuga, granos, etc.); de una especie de calendario que previera ciclos de abundancia y ciclos de escasez; de conocimientos topográficos más precisos y de una organización social que pautara su comportamiento como recolectores. La organización social que estuvo presente fue seguramente el resultado del perfeccionamiento de la estructura de bandas, ahora seminómadas, que se unirían durante la abundancia y se dividirían durante la escasez. A su cultura material debieron haber sumado cestas y otros tipos de recipientes, dentro de este nuevo carácter del modo de vida seminomádico y del perfeccionamiento del conocimiento sobre escasez y abundancia, reproducción de tubérculos y de otras plantas.

Esta situación, sin embargo, no es general en todo el territorio: con estos grupos preagrícolas hubo otros que conservaron las pautas de pescadores-cazadores-recolectores, inclusive hasta el momento del contacto con Europa. Ello no debe interpretarse de otra manera sino como una forma muy inteligente de no adoptar nuevos modos de vida  -el agrícola, en este caso-  ya que para satisfacer necesidades se tenía abundancia de recursos, tecnología y organización social útiles y una adaptación. Lo que existe es la convivencia de varios modos de vida, con la particularidad de que se desarrolla un intercambio de cultura y de productos entre pescadores, cazadores, recolectores y agricultores obteniéndose entonces un generalizado beneficio mutuo.

Neo-Indio
Este período estará caracterizado, esencialmente, por la agricultura, por una estabilización significativa de los asentamientos humanos y por una clara diferenciación en la cerámica. La estabilización se inicia bajo la forma de un sedentarismo semipermanente mediante el cual el nomadismo comienza a circunscribirse a una zona más o menos extensa. Además de estos indicadores principales, los neoindios construyeron montículos de piedra y tierra, objetos ceremoniales y utensilios de piedra pulida. Es una etapa generalizada de desarrollo cultural que será violentamente interrumpido por la conquista europea.

El Neo-Indio ha sido presentado como el producto de una dicotomía constituida por dos centros de desarrollo cultural: uno al oriente y otro al occidente. La Venezuela neoindia oriental, cuyo centro de desarrollo se ubicaría en la cuenca del Orinoco, parece poder caracterizarse por el predominio de la yuca como alimento básico, lo que se infiere por los hallazgos de budares de arcilla utilizados para su preparación; asimismo, por la cerámica modelada-incisa con la técnica de la pintura blanca sobre rojo y la presencia poco significativa de figurinas y utillaje ceremonial. Estas y otras características parecen relacionar a este centro con las Antillas Menores, las Guayanas y la Amazonia. La Venezuela neoindia occidental, por su parte, abarcaría los Andes y la Cuenca de Maracaibo. Hay evidencias de un marcado énfasis en los aspectos religiosos y funerarios, especialmente en algunas cuevas de las montañas que fueron empleadas para el culto y enterramiento. Las "tumbas" se caracterizan por tener su interior "forrado" con piedras (mintoyes). La importancia dada al elemento religioso parece poder demostrarse por las figurinas de arcilla, incensarios y objetos colgantes tallados con funciones de amuleto. El maíz como alimento básico se ha inferido por la presencia de metates y manos de moler. La cerámica aparece decorada con motivos pintados policromados rojo y negro sobre blanco y se aprecia una mayor proporción de ollas y otros recipientes con respecto al centro oriental. Esta tipificación cultural permitiría suponer que esta área se vinculó con Centroamérica y con los Andes Centrales. Desde estos ejes o centros culturales de la Venezuela prehispánica se producirían migraciones cíclicas o esporádicas que propiciarían la existencia de un área de contacto en la zona central en la que se combinarían rasgos orientales y occidentales.

Las últimas investigaciones arqueológicas han añadido a esta hipótesis la consideración de un tercer centro de desarrollo cultural tipificado por el Patrón Andino, con significativas relaciones culturales con el altiplano colombiano y los Andes centrales. Este centro se caracterizaría por la existencia de una céramica simple, arquitectura incipiente y un patrón de subsistencia basado en el cultivo de tubérculos de las zonas altas andinas, como la papa, la ruba, la cuiba, la oca, el ulluco. La arquitectura consiste en construcciones como terrazas agrícolas y bóvedas alineadas por piedras (mintoyes) utilizadas como tumbas y/o silos para el almacenamiento de productos agrícolas. En los llanos occidentales se han encontrado evidencias de construcciones artificiales asociadas a la agricultura, que consisten en terraplenes, campos elevados, camellones o calzadas que funcionaban como muros de contención de las aguas en zonas anegadizas y que permitían, entre otras cosas, atravesarlas a pie.

Hay también indicios de canales de riego en las áreas ribereñas de los ríos Turbio, Tocuyo, Yaracuy, Gueque... y de agricultura de regadío entre los caquetíos, cuya zona de Curiana servirá de asentamiento, en tiempos coloniales, para la fundación de Coro. De los caquetíos también se conoce su práctica prehispánica de la represa, o buco, de la cual sacaban acequias principalmente para el riego con aguas de la sierra de San Luis (estado Falcón); hay también indicios de canales de irrigación en las márgenes del río Mamo y en la zona del río Orinoco en la que el riego artificial se lograba con el agua superficial.

El comercio, el arte rupestre, algunas formas de representación teatral, expresiones de tipo literario, el deporte son otros elementos aborígenes que logran una ubicación significativa durante el Neo-Indio.

El intercambio generalizado de productos fue una actividad practicada desde sus formas primarias hasta las que al parecer incluyeron una especialización en lo que se intercambiaba. La arqueología ha reportado productos naturales y artesanales en varios lugares de nuestro territorio cuya presencia sólo se explicaría por el intercambio, cuya base debemos suponerla en la intensa actividad de viajes, movilizaciones humanas, visitas de reconocimiento en búsqueda de nuevos parajes y ataques de unos grupos por otros. La arqueología reporta datos de piezas metálicas de procedencia colombiana en la costa venezolana. Hay evidencias también de que los timoto-cuica (Andes) intercambiaban productos agrícolas, sal de urao y tejidos de algodón por el pescado de los grupos de filiación caribe del sur del lago de Maracaibo. Desde las costas falconianas, al parecer, hubo un intercambio de sal hacia el interior del territorio. Este comercio, seguramente intenso, explicaría, entre otras cosas, la presencia de topónimos en sitios bastante alejados de sus lugares de origen. La arqueología y la etnohistoria han comprobado las estrechas e intensas relaciones entre las distintas sociedades de la Venezuela prehispánica y la existencia de una especie de red del comercio en la que los llanos de Barinas, Portuguesa, Cojedes y Apure serían un área geográficamente significativa de vínculos con la zona andina, la costa caribe y la cuenca del Orinoco. Así mismo, se tienen noticias de la utilización de caracoles de agua dulce como moneda y de la existencia de algunos puntos de intercambio comercial prehispánico, como el mercado de pescado del Orinoco Medio, el de curare del Alto Orinoco o las playas de tortugas del río Guaviare.

En cuanto al arte rupestre nuestra arqueología ha cuantificado hasta el momento 320 lugares con gran número de petroglifos (rocas con grabados), 28 con pinturas rupestres, 6 estaciones de conjuntos megalíticos compuestos por menhires (rocas verticales en fila, algunas con grabados) y otras expresiones artísticas rupestres diseminadas por casi toda la geografía venezolana. Su ubicación, las técnicas de confección utilizadas, la tipología de las figuras y su vinculación con material arqueológico, permiten suponer que en su gran mayoría son de manufactura prehispánica aun cuando no se ha precisado cuándo fueron hechas. A pesar de ello es de suponer que gracias al conocimiento acumulado acerca del trabajo de la piedra y el instrumental respectivo han debido ser recolectores avanzados y/o agricultores quienes seguramente hicieron los petroglifos.

Sobre formas teatrales en la Venezuela prehispánica sólo se tiene un conocimiento impreciso que supone representaciones pantomímicas  -sólo con figuras y gestos, sin palabras-  que seguramente reproducían las actividades de subsistencia como la recolección, la caza, la pesca, o la imitación de animales, de personas, de fenómenos naturales, de escenas cotidianas o extraordinarias. Es posible que en estas representaciones se utilizaran algunos instrumentos musicales indígenas como la elegante maraca del curandero adornada con bellísimas plumas para sus actos de curación y sortilegios, o guaruras y tambores cuyos sonidos sirvieron además para la comunicación a distancia. Estas representaciones quizá hayan sido un recurso educativo, como seguramente lo fueron las narraciones de acontecimientos que con el tiempo pasaron a formar parte del patrimonio histórico oral de cada sociedad indígena. La Bajada de Ches y Las Turas, son dos fiestas indígenas con antecedentes prehispánicos. La primera, es una ceremonia dramático-religiosa del área andina, heredada y celebrada actualmente en algunos pueblos merideños. Las Turas, proveniente de los arauacos, ayamanes y gayones, es una fiesta ritual de carácter agrícola, dedicada en la época prehispánica al dios Huracán, celebrada en nuestros días en la zona limítrofe Lara-Falcón. Una versión del Maremare, baile indígena hoy popularizado en el oriente del país, era representada, entre otros, por los otomacos y consistía en que dentro de un círculo un indio fingía defenderse de un tigre mientras ocho o diez indios cantaban y danzaban a su alrededor.

Estas y otras expresiones del arte indígena prehispánico de Venezuela, más que manifestaciones folklóricas, deben entenderse como herencia que anualmente son rejuvenecidas por el tesón sustentado en la tradición. Asimismo los mitos, expresiones nacidas desde las experiencias sociales de los habitantes de la Venezuela más antigua y que acumuladas y transmitidas por siglos son hoy parte de nuestro patrimonio literario. Y es que a través de los mitos y de otros géneros literarios los aborígenes han venido explicándose y explicándonos desde los remotos predios de nuestra historia primigenia sus versiones de la vida, las creaciones culturales, la humanización de las plantas, no como animismo, que es como una antropología prestada califica esta creatividad sencillamente humana. Hay héroes anteriores a los de las estatuas y dioses anteriores a los del catecismo de los conquistadores misioneros; héroes y dioses indígenas creadores del mundo, las plantas, los ríos, los seres humanos; héroes indígenas filósofos, maestros, artesanos... representados en expresiones teatrales, o grabados en petroglifos, o insinuados en pinturas rupestres o cantados y contados como historia en canciones y mitos... Héroes como el Amalivaca de los tamanaco, caribes del área orinoquense, con cuyo hermano Vochí creó el mundo, la naturaleza y los seres humanos; Amalivaca, el dador de todos los elementos necesarios para la vida, el creador del viento. Se le asocia estrechamente con el Quetzalcoatl mexicano, con el Viracocha peruano, con el Bochica colombiano y con el Nemquerequeteba de otros lugares. Entre los achaguas, por ejemplo, la diosa venerada como creadora era llamada Urrumadua y algunas estrellas fueron nombradas Ibarrutua y Jumenirro.

El deporte tuvo también sus expresiones en la Venezuela prehispánica. Es posible que algunas de las actividades de la vida cotidiana indígena como la caza, la pesca, la navegación, la transmisión de mensajes a pie hayan tenido en algún momento, particularmente en este período, cierto sentido competitivo y/o de entretenimiento. El llamado juego de pelota si fue una actividad claramente deportiva con varias modalidades y tuvo, además, ciertos contenidos e intenciones sagradas y rituales. Los achaguas (estado Lara) practicaban este juego con fines mítico-religiosos y elaboraban la pelota con el latex, sustancia lechosa de un árbol parecido al del cacho. Los guajiros (estado Zulia) la fabricaban con cuero de venado y la rellenaban con algodón. En la zona suroriental se practicaba el juego inflando una vejiga de pereza, araguato o báquiro a la que daban golpes suaves para mantenerla en el aire el mayor tiempo posible. Quizá donde más se desarrolló el juego de pelota prehispánico fue entre los otomacos (estado Apure), quienes organizaban dos equipos con doce jugadores cada uno. La pelota, que sólo podía ser tocada con el hombro derecho, era grande y fabricada también con latex. Las mujeres otomacas, una vez terminadas sus labores, podían participar en el juego y usaban unas palas redondas de madera. Otros juegos de los que se tienen noticias son los de corro que se practicaban en el nororiente y suroriente de Venezuela, a los que daban el nombre del animal cuyos movimientos imitaban. Esta costumbre se ha mantenido hasta nuestros días. En áreas indígenas de la Guayana se jugaba a "la caza del arco", que consistía en que por equipos, principalmente de cazadores, se intentaba atravesar con flechas un arco fabricado con bejuco.

Otras precisiones sobre el período Neo-Indio están indicadas por formas colectivas para la organización del trabajo en los antiguos núcleos del Orinoco, los llanos, la costa centro-occidental y buena parte de la cuenca de Maracaibo. En estas zonas de nuestro territorio la forma de producción de alimentos se basó en un sistema balanceado de horticultura de la yuca, caza terrestre y fluvial y recolección de productos de ríos, de lagos y del mar, y dependió del cultivo de tala y quema. En la región andina y, en general, en los núcleos indígenas del noroeste de Venezuela, la organización social habría sido más compleja y el uso de la tierra más eficiente pues se contó con el manejo de recursos y técnicas hidráulicos y el control político-social de la población. La manera deferencial que muestran los hallazgos en algunos cementerios prehispánicos sugiere la existencia de una compleja vida ceremonial y, en otros casos, la de una estratificación social con alguna estructura de poder central. Esta forma de organización política y social está siendo procesada en nuestros estudios arqueológicos más recientes como modo de vida aldeano cacical. Algunas de sus características definitorias, particularmente para la Venezuela noroccidental, serían la especialización social del trabajo, relaciones intra-aldeanas de carácter político y de parentesco y relaciones inter-aldeanas de subordinación y jerarquización de las aldeas en linajes.

Quizá podamos ejemplificar este último punto recordando a importantes dirigentes indígenas que entran en nuestra historia como defensores, en su gran mayoría, de sus tierras y sus culturas frente a las apetencias de los conquistadores. Se los llamó jefes, guerreros o caciques  -vocablo taíno; lengua arawak hablada en las Antillas para el momento del contacto-  y por lo menos uno de ellos  -Manaure-  ya dirigía un importante cacicazgo en el área del actual estado Falcón durante las primeras décadas del siglo XVI. Conocemos nombres y hazañas de muchos de estos dirigentes para el momento de la conquista y colonización del territorio, pero desconocemos sus ascendencias; es válido suponer, entonces, que éstas se remontan a fechas anteriores. Así parece revelarlo el plan de ataque que sirve a Guacaipuro y la resistencia indígena que encabeza en la zona centronorte de Venezuela hacia la segunda mitad del siglo XVI. Guacaipuro logra convocar a un levantamiento de las sociedades gobernadas por Baruta  -su hijo mayor-  Naiguatá, Aricabacuto, Guaicamacuto, Aramaipuro, Chacao, Paramaconi, Chicuramay, Caruao, Araguare o Araguaire y el guerrero taramaima Caracaipa, entre otros, quienes reconocen a Guacaipuro como su jefe supremo. Del área nororiental se menciona a Cayaurima, cacique de los cumanagotos, y sus alianzas con otros caciques de la zona de Cumaná para enfrentar a los conquistadres, y a otros como Doaca, con quien se identificó la actual zona larense de Duaca; a Nigale, jefe zapara, en el estado Zulia; a Huyapari con cuyo nombre los españoles identificaron al río Orinoco y su área en 1531 y a muchos otros jefes, caciques, guerreros, como Acaprapocón y Conopoima  -quienes comandan la lucha una vez muerto Guacaipuro-  Caricuao, Cuairicuarian, la cacica guaiquerí Isabel, el cacique oriental bautizado Maturín; Morequito, Paryauta, Parnamacay, Pitijay, Sorocaima, Tiuna, Tamanaco, Terepaima... La institución indígena del cacicazgo sobrevive, deformada, durante varios años del período siguiente, hasta desaparecer en sus elementos fundamentales, al igual que la producción cerámica y otros aspectos de la cultura aborigen.

En este período se visualiza una "regionalización" cultural generalizada en la Venezuela prehispánica que expresa la consolidación de modos característicos de vida cuyos elementos definitorios han hecho su aparición en períodos anteriores. A través del siguiente cuadro, que reune una proposición de seis áreas y sus características, es posible apreciarlo.

1) Área del Orinoco Medio y Bajo, con grandes casas comunales en forma circular que albergaron a unas 500 personas, generalmente emparentadas, y viviendas palafíticas en el Delta. 2) Área de la costa centro-occidental, poblada, entre otros, por caribes, cumanagotos, palenques, caracas y guayqueríes, comunidades nómadas y semipermanentes. En zonas que rodeaban el lago de Valencia, por ejemplo, hubo importantes contingentes de población cuyas viviendas y tumbas fueron protegidas de las inundaciones mediante un sistema de montículos artificiales. Algunos poblados, al parecer, fueron cercados hasta por triples palizadas, lo que permite inferir una intensa actividad guerrera. Otras evidencias arqueológicas aluden a la existencia de una agricultura extensiva, canales de irrigación (río Mamo), silos incipientes y la agrupación de varios poblados gobernados por un cacique. Otras actividades fueron la caza, la pesca lacustre y la cestería y alfarería como actividades artesanales. 3) Área del Noroeste, hoy estados Falcón, Lara, Yaracuy, parte del Zulia y Portuguesa, poblada por caquetíos, jirajaras, gayones y achaguas, de economía autosuficiente. Las casas formaban poblados que también fueron protegidos por palizadas. 4) Área de la Región andina, desde la tierra caliente hasta los páramos, habitada por timoto-cuicas, con cultivos de maíz y otras plantas, en andenes, con sistemas de riego (canales y estanques). Las evidencias de silos  -subterráneos en las tierras frías y caneyes como silos en las zonas templadas-  indican la existencia de excedentes, utilizados posiblemente para el comercio y para satisfacer necesidades en épocas de escasez. Estos elementos de construcción artificial suponen un sistema de gobierno y funcionarios que controlaban su ejecución, la distribución del excedente agrícola, el uso del agua y el mantenimiento. Las casas eran al parecer unifamiliares y fueron construidas con piedras unidas con una mezcla de barro y paja cortada. Hay evidencias de protección de los poblados con palizadas y fosos. Otras actividades serían la explotación de la sal de urao, la confección de tejidos (algodón), cestería y alfarería. 5) Área del piedemonte occidental de los Andes y costa sur del lago de Maracaibo, con grandes áreas sembradas cercanas a las comunidades, y con aldeas palafíticas en la zona lacustre. Hay evidencias de posibles casas comunales. Otras actividades fueron la artesanía y la confección de tejidos. 6) Área de la Guajira, con grupos de cultivadores al sur y de pescadores y cazadores al norte.

Indo-Hispano

Este período, llamado también del contacto, se inicia con el encuentro de las culturas europeas y americanas. En lo que respecta a Venezuela continúa siendo una etapa poco estudiada de nuestro pasado cultural. A pesar de su utilidad, las fuentes escritas por quienes con la espada y la cruz invadieron y colonizaron estas tierras, están repletas más bien de lo realizado por los europeos y ofrecen pocos datos objetivos o veraces del modo de vida indígena del momento o, salvo contadísimos casos, de los efectos que aquel encuentro devastador y cruento llegó a tener sobre las sociedades autóctonas y sus culturas. La arqueología, la etnohistoria y la lingüística histórica están realizando esta tarea de reconstrucción. El proceso de conquista y de ocupación de nuestro territorio será tratado en el capítulo siguiente, por lo que aquí sólo esbozaremos algunas de las consideraciones hechas principalmente por la arqueología venezolana sobre el período Indo-Hispano.

En esta época la cerámica indígena se torna más sencilla por la pérdida progresiva, y en algunos casos violenta, de estilos decorativos tradicionales religiosos y simbólicos y de técnicas de manufactura, a pesar de que los españoles, más bien por cuestiones prácticas, adoptaron técnicas de la manufactura cerámica indígena.

El proceso transculturador puede visualizarse en algunas evidencias arqueológicas que reportan piezas cerámicas fabricadas con la técnica indígena del enrollado  -superposición o desenvolvimiento de anillos o de un rollo de barro para luego unirlos con las manos-  pero con decoración y otros elementos europeos. La presencia de mayor o menor concentración de hollín en tiestos indohispanos revela, por ejemplo, dos concepciones en cuanto a la cocción de alimentos: en tanto el indígena los calentaba a las brasas o envueltos en hojas y a fuego lento, la dieta europea, abundante en granos y carne, obligaba a un mayor tiempo de cocción y, por lo tanto, a una mayor exposición del recipiente al fuego. Otro elemento del proceso de contacto lo exhibe la planta física de Nueva Cádiz (estado Nueva Esparta), cuyas excavaciones revelaron, entre otras muchas cosas, espacios vacíos en los que posiblemente hubo chozas indígenas de techos de paja y paredes de bahareque  -materiales que no resistieron el paso del tiempo-  en convivencia con las casas españolas.

En general, el material arqueológico hallado en sitios indohispanos tiende a mostrar una disminución de la influencia indígena no sólo respecto de la española  -que es lo más generalizado-  sino también respecto de otras culturas europeas. Es el caso, por mencionar sólo uno, de los Castillos de Guayana (Territorio Federal Delta Amacuro) en donde además de loza y pipas de grés holandesas, loza de grés de origen alemán, candados ingleses y otros artefactos de hierro, se encontraron instrumentos indígenas asociados con el cultivo de la yuca y con actividades de caza y pesca. Esto significa que muchas técnicas y estilos cerámicos prehispánicos  -así como otros elementos de los períodos anteriores-  sobrevivieron por un tiempo a la imposición de técnicas y estilos cerámicos españoles.

Otro aspecto vinculado con este período es la presencia de culturas africanas llegadas a Venezuela por vía de los esclavos. A pesar de la importancia de este elemento en la caracterización de este período no se han realizado estudios desde el punto de vista arqueológico aunque histórica y etnohistóricamente hay ya una base documental como para emprenderlos en viejas haciendas cacaoteras y en pueblos escondidos fundados por esclavos negros que huían hacia la libertad.

En este período de nuestra historia cultural Venezuela comienza a dejar de ser prehispánica; sus gentes y culturas desarrolladas durante siglos en la diversidad de sus paisajes han comenzado a ser sustituidos por otras gentes, otros paisajes, otros dioses, otra economía, otras lenguas... y, sin embargo, mucho de lo aborigen prehispánico traspasó las barreras de la imposición y aún permanece en la Venezuela de ahora, formando parte de la cultura criolla o en las sociedades indígenas que todavía la pueblan. La última visión de la Venezuela prehispánica, que es al mismo tiempo la primera visión de la Venezuela en contacto con Europa, podemos verla a través de un esbozo que a modo de resumen conteste a la pregunta acerca de quiénes eran y dónde estaban nuestros últimos habitantes prehispánicos.

La Venezuela del contacto, en su mayor parte, estaba poblada por grupos caribes y arawaks. Los caribes se localizaban en las zonas costaneras entre Paria y Borburata, en los alrededores del lago de Maracaibo, en las márgenes del río Orinoco y sus afluentes y en las islas norteñas de la de Trinidad. Los arawaks, por su parte, en el golfo de Paria y en un área que corre desde el sur del Orinoco hasta la desembocadura del río Amazonas. En el oriente de Venezuela estuvieron los sálivas, entre los ríos Sinaruco y Guaviare, o área del Orinoco Medio; los guamos, los maipures, los otomacos, en los alrededores de Cabruta, estado Guárico; los guahibos y los yaruros, en las márgenes del río Meta y los guaraúnos en las márgenes de los caños del delta orinoquense.


En el área del lago de Maracaibo los llamados motilones, localizados en los valles de Machiques, en zonas del río Catatumbo y en la sierra de Perijá; los guajiros, en un área que comprendía desde Bahía Honda y El Portete, hasta el Cabo de la Vela y río de La Hacha. Habitando las riberas del lago de Maracaibo estaban los onotos y los bubure o bobures, y vecinos de éstos, los zaparo o zaparas, aliles, ambaes, toas y kirikires. Otros grupos del área fueron los pemenos y los buredes. Los caquetíos estaban localizados en la zona costera entre Coro y el lago de Maracaibo y, fuera de Venezuela, en Curazao, Aruba y Bonaire. De la zona andina, los chamas y los giros, principalmente en Mérida, y los timotes y los cuicas, que predominaban en Trujillo. En los actuales estados Lara, Yaracuy y parte de Falcón, los jirajaras y ayamanes, los achaguas, betoyes  y gayones.

Noticias en Internet:


Catálogo de OCLC WorldCat Historia mínima de Venezuela, [Venezuela]: Fundación de los Trabajadores de Lagoven, [1992] http://www.worldcat.org/title/historia-minima-de-venezuela/oclc/30626385

Sobre su reedición, varias noticias; puede verse "Reeditada Historia mínima de Venezuela". El Nacional, 15.12.1993, C14.

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