miércoles, 9 de noviembre de 2016

Cultura Popular Venezolana, por Rafael Antonio Strauss K., 2º Coloquio, 1985©


R. Strauss K. 20 de noviembre de 1985 / Ponencia ante el 2º Coloquio sobre Cultura Popular Venezolana. Temario: ¿Existe desarrollo en la Cultura Popular? ¿Existe una gestión del Estado en Cultura Popular? ¿Existe relación entre las instituciones culturales y la cultura popular?. Panel: Rafael Strauss K., Gustavo Luis Carrera, Perán Erminy, Domingo González y José Ramón Llovera. Moderador: Miguel Henrique Otero, noviembre 20-22. Ateneo de Caracas.© 

Sin pretender hacer historia sobre la expresión cultura popular, es claro que desde que aparece en el acontecer reflexivo que sobre su cultura se hizo en Venezuela, la palabra popular identificó, principalmente, expresiones literarias y musicales no vinculadas con lo académico ni con el sector dominante. Inclusive, en documentos coloniales se establecen ciertos paradigmas que ubican el hacer del pueblo en diferente instancia al hacer dirigencial. El hacer del pueblo ha estado siempre en posición de Cultura Receptora o Dominada. Y este es elemento para nuestra reflexión: ha sido el estudioso, el académico, el científico quien ha caracterizado e identificado lo popular, siempre en paralelo a la producción cultural del otro sector que, sin definirlo, en su momento, se presupuso sector culto y cualquier otro calificativo que, sin problemas, proporcionó el pensamiento positivista de la Venezuela que comenzó a reflexionar sobre su cultura.

En nuestros días, el panorama, en esencia, no ha cambiado; han cambiado, sí, los nombres de quienes han continuado concibiendo lo popular como poco brillante, como poco significativo, y han cambiado los sitios donde se han continuado cocinando los calificativos y la concepción prejuiciados. Atisbos de cambio, de postura novedosa, para Venezuela; de alternativa para mirar de manera distinta lo popular, se han producido, sí, pero considero que se han vuelto tan poco significativos que apenas puedo considerarlos como cambio esencial en el contexto social venezolano. Existe, empero, una buena esperanza, una buena perspectiva en la reciente creación del Centro para el Estudio de las Artes y Tradiciones Populares. Uno de sus objetivos inmediatos, que en estos momentos se está diseñando, es la consideración del desarrollo de la cultura popular, además de la vinculación efectiva de ese centro con el sector del país y Latinoamericano que hace cultura popular y/o se vincula con ella.

Y, sin embargo, otro elemento de mi reflexión es que se ha confiado demasiado en el Estado. Pero es que por definición nuestro Estado sólo debe ayudar hasta un punto determinado. Y esto tiene que ver con la concepción que ha venido nutriendo lo que de alguna manera se ha entendido hasta el momento como cultura popular: bailes, danzas, etc. Es decir, expresiones que no atentan contra la majestad de lo establecido. Veo aquí una terrible falla de quienes oficial y/o particularmente, se han ocupado del asunto popular; se nos ha seguido informando, hasta el cansancio, que lo popular es únicamente esa gama de expresiones coreográficas, musicales, literarias, etc., pero no se habla, por ejemplo, de las formas populares organizativas; de cómo, realmente, cualquiera de esas ‘manifestaciones populares’ no sólo surge de una tradición local –lo que las hace históricas– sino además, y esto es importante, de toda una organización comunitaria que radica en la conciencia popular. Porque lo comunitario, lo consciente grupal, lo cooperativista por el bien común, es quizá la principal característica del hecho popular, en todas sus instancias, como hecho cultural que es. Son hechos que de por sí lo definen. Es por ello que por esencia lo popular está reñido con lo elitesco, con lo académico, tal y como esto existe en nuestra actualidad. Si una producción popular es anónima no es ese anonimato lo que debe definirla como tal; y es que la privacidad de lo propietario no es esencial en la producción intelectual del pueblo. Se la posee, sí, y se la considera propiedad, pero de un sitio, de una región, y cuando en ese sitio se nos insiste que determinada producción es de Fulana o de Fulano lo que hay es un gran orgullo detrás de esa identificación; ese autor, esa autora, son reconocidos como propietarios, porque también son reconocidos como voz de una comunidad popular que tradicionalmente no ha tenido la vía para expresarse, porque esas vías han sido ocupadas por quienes no son pueblo.

Esto me lleva a otro de los elementos con los que tradicionalmente se ha caracterizado el ‘hecho folklórico’: su transmisión por cadenas de tradición oral… ¿Pero es que ha habido otra forma de cobertura significativa para que el pueblo transmita su producción, su modo de vida, su alternativa organizativa…? Lo que ha hecho y ha continuado haciendo el pueblo se ha tratado esencialmente como materia muerta. Pero no ha sido la gente del pueblo la que a sí misma se ha caracterizado así. Han sido, principalmente, los teorizantes y sus teorías, sus elucubraciones y entelequias lo que ha producido un elemento de laboratorio que se llama folklore, o típico, o popular, o autóctono… Han cercenado lo que en la naturaleza está vivo y en constante transformación y desarrollo.

Hay un punto que particularmente me preocupa y que tiene mucho que ver con este problema del desarrollo en la cultura popular. Es este. Así como no todo lo producido en la instancia oficial y/o cultura dominante es bueno, tampoco lo es todo lo producido por el pueblo. Hay una especie de manía al aceptar sin ningún género de crítica ni de reflexión la producción del pueblo. En Venezuela habría mucha gente, estoy seguro, que se opondría a sustituir todo ese mundo mágico y supersticioso que forma parte de la creación popular. Tendríamos que analizar por qué existe ese mundo, por qué se ha mantenido y cuáles de sus elementos deben seguirse utilizando y cuáles deben ser desechados. Este proceso, por supuesto, en conjunción militante con el pueblo usuario. Toda magnificación es negativa. Es necesario exigir calidad porque de lo contrario estaríamos aceptando que la creatividad popular, y cualquier creatividad, tiene un límite.

El pueblo siempre ha tenido respuesta para mostrar y actuar toda su gama de existencias; y esa expresión está conformada por todo el conjunto de aspectos que constituyen la cultura. Tal gama existencial se manifiesta, por eso, tanto en lo material como en lo no material. Lo que en nuestro país se ha concebido hasta el momento como cultura popular ha centrado su atención, básicamente, a sólo aspectos de la cultura no material, obviándose o desechándose la serie de alternativas que en los campos organizativos, de salvaguarda de su propio prestigio, de realidad histórica vivísima y posible, nos ofrece la inventiva, la permanente crítica y la eterna creatividad de ese sector tradicionalmente silenciado.