domingo, 15 de enero de 2017

Inquietantes turbulencias en la historia, por Rafael Antonio Strauss K.

Inquietantes turbulencias en la historia, Rafael A. Strauss K. 16.02.2006. Librería Monteávila, Complejo Cultural Teresa Carreño. Palabras de presentación al libro de Pedro E, Calzadilla y Pérez y de Luis F. Pellicer Peñuela.
Dos párrafos de especial importancia orientan las intenciones didácticas de Calzadilla y de Pellicer, cuyos libros tengo el inmenso honor de presentar. Honor, me enorgullezco en afirmar, porque, entre otras razones, Pedro Enrique y Luis Felipe fueron mis alumnos en la Escuela de Historia, y hoy, además de ser mis amigos, son mis colegas, lo que nos obliga a compartir en la vida, y después, dos actos humanos especialmente trascendentales: la docencia y la amistad, situaciones desde las que hemos estado pastoreando ilusiones, minimizando angustias, sembrando posibilidades, ordenando quehaceres, atesorando logros, bautizando futuros…
El primer párrafo, de Pedro Enrique Calzadilla Pérez, induce al estudiante y al profesional de la disciplina histórica y, en realidad, de todas las áreas del conocimiento, a realizar una labor que los revitaliza, y que Calzadilla expone como “La constante revisión […] de los conocimientos acumulados”, lo que obliga a una relectura de las fuentes, entre otras razones, afirma Pedro, porque “Diversos asuntos aceptados como verdades irrefutables en los manuales, están siendo revisados en la actualidad.” Y de manera responsable y profesional ofrece en la Introducción tres consideraciones especialmente tentadoras, por importantes, para la comprensión de América y de cada uno de sus países: “Que en el XVIII la crisis del imperio colonial era evidente y no ofrecía otro desenlace que la independencia, se presta hoy a interrogantes. Que durante el Siglo de las Luces se generaliza un relajamiento de las costumbres y pautas de la regulación social como parte de la crisis de la relación colonial, es un tema que se discute hoy. Que las transformaciones impulsadas por la Corona modifica el funcionamiento de la vida en las ciudades coloniales puede estar en el banquillo.” (p. [9])
Por los caminos de América en el Siglo de las Luces. La sociedad colonial hispanoamericana del siglo XVIII a través de los viajeros europeos, es el título del libro de Pedro Calzadilla, publicado el pasado año en una coedición del Fondo Editorial Trópykos, el Ministerio de la Cultura y el Consejo Nacional de la Cultura.
Dos partes le dan forma. En la primera, Calzadilla se luce, en propuesta convincente y exposición sencilla, con un estudio crítico acerca de lo peculiar que como fuente son los relatos de viajeros, para aprehender lo que Pedro advierte –a nuestro modo de ver, muy atinadamente–, “las diversas significaciones que se derivan de la consulta de los viajeros.” Y es por eso que Calzadilla nos lleva de la mano hacia el conocimiento de las particularidades de estos testimonios, principalmente las que deben mirarse con las luces de la disciplina histórica, para destacar de seguidas dos asuntos no menos importantes; el uno, las interpretaciones –diversas, parciales y polémicas– de que ha sido objeto el siglo XVIII americano; y la otra, los criterios que como historiador se impuso para formar esta antología de “los ocho andariegos”, como los llama Pedro, cuyos fragmentos constituyen la segunda parte de este libro que hoy presento…; ocho voces viajeras de cultura europea que desnudan a la América del XVIII, desde un lejano 1712 –con Aimée Frezier–, hasta el conocido Alejandro de Humboldt, pasando por La Condamine, Ulloa, Bougainville, Carrió de la Vandera, Azara y Francisco Depons, quienes abordan, entre otros, temas como el mestizaje, la leyenda negra, la corrupción generalizada, en un siglo XVIII americano que continuaba pariendo orígenes y originalidades.
El segundo párrafo que no puede pasarse por alto, es de Luis Pellicer, quien se ubica, y ubica al lector, Entre el honor y la pasión, título del libro publicado en el 2005 por el Fondo Editorial de la Facultad de Humanidades y Educación de nuestra Universidad Central.
Título quizá provocador para algún historiógrafo que anda por ahí frenando hasta la creatividad de nuestros nuevos oficiantes de la historia. Entre el honor y la pasión es el antetítulo con el que Luis Felipe aborda el tema Familia, matrimonio y sistema de valores en Venezuela durante la crisis del orden hispánico (1778-1820). Y el párrafo que aprecio como emblemático es la afirmación de Pellicer de que “Entre el honor y la pasión se encontraron muchas parejas que vivieron en las provincias de la Capitanía General de Venezuela durante las tres últimas décadas del siglo XVIII y las dos primeras del siglo XIX.” (p. 11) Contubernios de todo tipo se suceden, ciertamente –o se continuaban sucediendo, para ser más precisos–, y es por ello tan atinado en el título la presencia de la preposición entre –entre el honor y la pasión– como reveladora de ese doble discurso –que José Ignacio Cabrujas calificaba como “el Estado del disimulo”– que nos habita sin que al parecer nos haya molestado, ni nos moleste; y es que como afirma Pellicer: “En medio de guerra y cambio político los vecinos se ocupan de asuntos esenciales que pueden trastornar su vida privada, porque de no hacerlo, podrían ver comprometida su vida pública”… (p. 11), y uno de esos actos fue, sin duda, el matrimonio, que Pellicer considera acto social fundamental y “posiblemente el más importante tanto en lo público como en la intimidad”, afirma.
Fundamental, ciertamente, porque el matrimonio entre iguales sociales debía terminar por reproducir el orden divino, el orden establecido, que ni lo reprodujo, penso, y que más bien lo debilitó, afortunadamente. Porque mientras la España de los espejitos aupaba el paraíso en la tierra, todo el mundo, en última instancia, se alza de viva voz, pero sobre todo en silencio, y salta las talanqueras de sínodos, de bulas, de reales pragmáticas, de decretos, de resoluciones, de prohibiciones, de las desigualdades…, para ser humanos y ensuciarse la sangre…
Un especial afecto por transgredir lo establecido parece funcionar como una suerte de norte en las gentes coloniales que Pellicer pone a actuar en su libro… Gentes ahítas, llenas, rebosantes de vida, de pasión, caldo de cultivo que Estado e Iglesia vigilan porque tienen que hacerlo. Sin embargo, Pellicer llama la atención, por ejemplo, sobre que “La frecuencia de matrimonios realizados bajo los efectos de la pasión, generaba conflictos familiares y una situación social percibida como desordenada, dañina al Estado y Ofensiva a Dios” –son palabras suyas–, y una de las razones de este peculiar desaliño parece estar en las pautas que desde la pasión se trazaron nuestros romeos y julietas de entonces que, además de brincarse las talanqueras del Estado y las religiosas, se saltaban el consentimiento paterno para encharcarse en uniones con personas de condición social desigual.
Pero los transgresores no son sólo de aquí, de estas Indias Occidentales, pues para finales del XVIII las uniones prohibidas proliferaban igualmente en España, hasta el punto de que la situación requirió la intervención del Monarca, afirma Pellicer, “para evitar ‘los contratos de esponsales y matrimonios que se ejecutaban por los menores e hijos de familias sin consejo de sus padres, abuelos, deudos o tutores’, según reza la Real Pragmática de 1776 sobre matrimonios desiguales.
Y por estos senderos transita Pellicer Entre el honor y la pasión, que como los de Pedro Calzadilla, nos descubren otras letras, otras sensaciones, otros olores historiográficos que, evidentemente, parecen ser aportes molestos para algún historiógrafo que hasta se atreve a crear un espacio en el que pretende echar estas nuevas inquietudes de jóvenes historiadores, que al igual que los maravillosos transgresores de Pellicer realizan e inauguran periplos prometedores como los viajeros de Calzadilla.
Finalizo felicitando a Luis, a Pedro y a sus editores por dar a la luz estos dos trabajos. La Escuela de Historia de la UCV se siente orgullosa de presidir esta presentación que hoy realizamos y sin pretender hablar en nombre de dicha institución universitaria, creo interpretar con mis palabras la enorme acogida que en los ámbitos académicos de la Escuela de Historia han venido teniendo los llamados de atención que desde distintas asignaturas electivas y seminarios hemos estado haciendo a nuestros estudiantes, tal y como lo demuestra el significativo número de inscritos en ellas y las tesis de grado que se han venido realizando. Definitivamente, la disciplina histórica transita en nuestra Escuela por predios novedosos, penetrando entretelones, capturando ancestrales inquietudes, reunificando campos en una sana actitud multi e interdisciplinaria… Las acciones de quienes han sido tradicionalmente desterrados por la academia y la ortodoxia históricas, parecen presentarse ante nosotros y cada vez les hacemos más caso…